Entre la prisa y las responsabilidades, entre la culpa y la autoexigencia, criar puede convertirse en una sucesión de tareas en lugar de una relación viva.
Pero la infancia sigue su curso, y nuestros hijos, incluso cuando no lo dicen, necesitan sentirse vistos, comprendidos y emocionalmente sostenidos. El verano, con su ritmo más lento y su promesa de descanso, puede ofrecernos una oportunidad invaluable: volver a mirarnos desde la conexión, el apego y la reparación.
ESCUCHAR CON LOS OJOS: LA MENTALIZACIÓN COMO BASE DEL VÍNCULO
Cuando un niño no expresa con palabras lo que siente, su conducta se convierte en su principal forma de comunicación. Aquí entra en juego el concepto de mentalización, desarrollado por Fonagy y Target (1997), que hace referencia a la capacidad de un adulto de percibir y comprender el estado mental del niño que subyace a su comportamiento.
En otras palabras: ver más allá de lo que hace y preguntarse qué le pasa por dentro. Esta habilidad no es innata en todos los padres y madres, y puede verse afectada por el estrés, la fatiga o nuestras propias heridas emocionales. Sin embargo, es una de las claves del apego seguro.
Como explicaba John Bowlby (1969), el apego no se trata solo de estar presente físicamente, sino de responder con sensibilidad y coherencia a las señales del niño. La infancia está llena de silencios que dicen mucho: una mirada baja, un cambio en el tono del juego, una rabieta aparentemente desproporcionada. Escuchar con los ojos, con la piel, con la presencia plena es el primer paso para fortalecer ese puente invisible que sostiene el desarrollo emocional de nuestros hijos.
PADRES COMO CO-REGULADORES EMOCIONALES
Durante los primeros años de vida, el cerebro del niño no puede autorregularse por sí solo. Necesita de un adulto que le ayude a identificar, contener y transformar sus emociones intensas. Es lo que Daniel Siegel (2012) denomina co-regulación emocional. El adulto presta su sistema nervioso como soporte para que el niño, poco a poco, aprenda a gestionar lo que siente.
En este sentido, nuestras reacciones frente al malestar infantil no solo resuelven conflictos inmediatos, sino que modelan el cerebro emocional del niño. Cuando validamos, calmamos y acompañamos sin juicio, estamos ayudando a construir estructuras internas de seguridad, resiliencia y autocompasión.
El verano, al ofrecernos mayor tiempo compartido, también puede poner a prueba nuestra capacidad de sostener emocionalmente a los hijos. Es un momento ideal para practicar la escucha activa, poner nombre a las emociones y ayudar a los niños a transitar sus frustraciones con presencia empática.
REPARAR EL VÍNCULO: CUANDO CRIAR NO ES PERFECTO
Criar bien no significa hacerlo todo bien. Significa estar disponibles emocionalmente, también —y sobre todo— cuando nos equivocamos. Habrá días en los que perdamos la paciencia, en los que digamos lo que no queríamos decir o estemos ausentes, aunque estemos cerca. Pero el vínculo no se rompe por los errores puntuales, sino por la falta de reparación. Donald Winnicott lo expresó con claridad: no es necesaria una madre o un padre perfecto, sino suficientemente bueno. Alguien que pueda fallar… y volver. Volver a mirar al niño con ternura, nombrar lo que ocurrió sin miedo, reconocer el daño si lo hubo, y abrir un nuevo espacio de encuentro. Esa reparación no sólo calma, sino que enseña: enseña que los conflictos no destruyen el amor, que pedir perdón no debilita la autoridad, y que todos —también los adultos— seguimos aprendiendo a querer mejor.
Por eso, en esta etapa del año en la que el reloj no aprieta tanto, podemos encontrar espacios más naturales para esa reconexión pendiente. A veces basta con un “sé que últimamente he estado distante” o un “me dolió cuando discutimos y quiero saber cómo lo viviste tú”. Basta con buscar al hijo y decirle, sin palabras si hace falta, “aquí estoy, sigo siendo tu lugar seguro”. Eso también es criar.
SOBRECARGA EMOCIONAL INFANTIL: LO QUE NO SIEMPRE VEMOS
Muchos niños, incluso en verano, muestran signos de estrés acumulado: irritabilidad, apatía, necesidad excesiva de control o comportamientos regresivos. El descanso no siempre llega cuando cesan las clases; a veces el verano se convierte en una agenda paralela, saturada de planes, actividades dirigidas y estímulos constantes. En lugar de recuperar el equilibrio, algunos niños terminan más cansados, más desregulados y con menos espacio interno para procesar lo vivido.
Las investigaciones en neurodesarrollo han demostrado cómo el estrés crónico activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), afectando al sistema inmunológico, la atención y la regulación emocional (Lupien et al., 2009). Además, una infancia sin pausas, sin tiempo libre real, puede dificultar la autorregulación, el desarrollo de la creatividad y la conexión con el mundo interno.
El aburrimiento, tan temido por los adultos, es en realidad un terreno fértil para el juego libre, la imaginación y el autoconocimiento. Permitir momentos sin estructura, sin pantallas y sin expectativas puede ofrecer al niño justo lo que necesita: silencio, presencia, espontaneidad. Como adultos, somos el filtro entre el mundo y ellos. Ofrecer calma, validación, rutinas suaves y disponibilidad emocional puede ser una forma silenciosa, pero profundamente efectiva, de cuidar su salud mental.
PROPUESTAS PARA LA RECONECCIÓN
- Observar antes de actuar: haz una pausa cuando tu hijo esté alterado y pregúntate: ¿qué estará sintiendo?, ¿qué necesita de mí?
- Nombrar lo que pasa: usar frases como “veo que estás frustrado” o “entiendo que esto no te guste” ayuda al niño a comprender sus emociones.
- Reparar sin miedo: un “perdón” sincero o una conversación tranquila puede sanar mucho más que una larga explicación.
- Crear espacios sin estímulo: tiempo libre sin pantallas ni agendas, solo para estar juntos, sin expectativas.
- Cuidar también al adulto que cría: sin autocuidado, no hay regulación posible. Un adulto en calma es el mejor regalo para un niño.
- Conectar a través del cuerpo: abrazos largos, masajes suaves, juegos de contacto o simplemente sentarse juntos sin hablar pueden fortalecer el vínculo de forma profunda, especialmente cuando las palabras no alcanzan.
El vínculo se construye cada día, pero necesita momentos de pausa para ser nutrido. No se trata de hacer más, sino de estar mejor. De mirar a los hijos como son, no como tememos o deseamos que sean. De acompañarlos en su mundo emocional, cuidando también el nuestro. Porque al final, lo que verdaderamente deja huella en la memoria infantil no es lo que hicimos, sino cómo los hicimos sentir: sostenidos, comprendidos, amados.
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