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ACOMPAÑAR LAS EMOCIONES DIFÍCILES DE LOS NIÑOS

Por Isabel Cabrera

Hay momentos en los que las sonrisas se apagan y el mundo se vuelve un poco más silencioso. En esos instantes, los niños también se enfrentan a emociones que no saben cómo nombrar: la tristeza, el enfado, el miedo o la frustración. Acompañarlos no significa hacer desaparecer su malestar, sino ayudarlos a entender lo que sienten y descubrir que incluso las emociones difíciles pueden tener un lugar seguro.

ENTENDER PARA ACOMPAÑAR

Durante la infancia, el cerebro aún está en construcción. Las estructuras encargadas de regular las emociones —como la corteza prefrontal— maduran lentamente y no alcanzan su pleno desarrollo hasta la adultez temprana. Por eso, los niños dependen de la regulación emocional de los adultos que les rodean.

Daniel Siegel lo describe como la función de un “cerebro auxiliar”: cuando el niño no puede calmarse solo, necesita que un adulto lo haga por él. Esa presencia emocional estable —una voz serena, un gesto cálido, una mirada que contiene sin juzgar— actúa literalmente sobre el sistema nervioso del niño, ayudando a que la amígdala del temor y alarma del cerebro recupere la calma y vuelva a pensar con mayor claridad.

Winnicott, décadas antes, ya hablaba de la importancia del “holding”, esa capacidad de sostener emocionalmente al niño en momentos de angustia. No se trata solo del contacto físico o de consolar con palabras, sino de transmitir al niño que su emoción puede ser habitada sin miedo, comprendida, sin miedo ni rechazo.

EL VALOR DE NO APRESURAR LA CALMA

Vivimos en una cultura que tiende a acelerar los procesos emocionales. Cuando un niño llora, nos apresuramos a distraerlo; cuando se enfada, intentamos racionalizar; cuando se frustra, buscamos soluciones rápidas. Sin embargo, cada emoción tiene una función biológica y psicológica: el enfado protege los límites, la tristeza permite integrar la pérdida, la frustración enseña perseverancia.

Acompañar no es eliminar la emoción, sino estar al lado del niño mientras la vive, de forma que pueda sentir, nombrar y atravesar con seguridad. Cuando lo hacemos, fortalecemos las conexiones entre la amígdala y la corteza prefrontal, base neurobiológica de la autorregulación.

Un ejemplo cotidiano

Un niño rompe su juguete preferido y comienza a llorar con intensidad. La reacción más habitual sería decir “no pasa nada, te compro otro”. Pero ese mensaje, aunque bien intencionado, invalida la emoción. Una alternativa más sana sería:

“Sé que te gustaba mucho ese juguete. Entiendo que estés triste. A veces las cosas se rompen, y duele.”

Esa frase, acompañada de cercanía, le enseña que su tristeza tiene un lugar y que puede sentirse seguro incluso dentro del dolor.

MODELAR CON LA PROPIA CALMA

Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que se les dice. Si el adulto responde con irritación al llanto o con prisa ante la frustración, el mensaje que el niño internaliza es que sus emociones son algo incómodo o peligroso.

La verdadera enseñanza ocurre cuando el adulto logra mantener la calma, no porque no sienta, sino porque puede sostener la emoción del otro sin desbordarse.

Modelar significa mostrar con el ejemplo:

– Si yo me frustro y respiro, el niño aprende que la calma es posible.
– Si reconozco mi tristeza sin esconderla, aprende que no hay nada malo en sentir.
– Si pido perdón cuando pierdo la paciencia, el niño aprende que el arrepentimiento también es amor.

Estas experiencias repetidas —de validación, presencia y coherencia— van configurando la base de la resiliencia emocional, es decir, la capacidad de recuperarse del malestar sin miedo a sentir.

HERRAMIENTAS SENCILLAS PARA ACOMPAÑAR

Existen pequeñas acciones cotidianas que pueden transformar la forma en que los niños gestionan lo que sienten:

1. Nombrar sin juzgar

Ayuda al niño a identificar su emoción: “Parece que estás enfadado porque querías seguir jugando”. Nombrar algo alivia las áreas del cerebro que gestionan el estrés.

2. Ofrecer contacto y contención

Un abrazo o un tono suave son formas de regular el sistema nervioso. El contacto físico libera oxitocina, una hormona que promueve seguridad y calma.

3. Validar antes de explicar

Antes de enseñar o razonar, es importante reconocer lo que el niño siente. “Entiendo que estés decepcionado” prepara el terreno para que luego pueda escuchar.

4. Crear rituales emocionales

Dibujar lo que sienten, escribir juntos “cosas que quiero dejar ir” o tener un pequeño rincón de calma en casa donde el niño pueda respirar o escuchar música suave.

5. Practicar la pausa

La calma no surge de inmediato. Enseñar al niño que puede tomarse un momento para respirar antes de actuar es una de las lecciones más poderosas para su futuro emocional.

ACOMPAÑAR TAMBIÉN NOS TRANSFORMA

A veces, acompañar a un niño en sus emociones despierta las nuestras. Nos enfrenta a nuestra propia historia, a la tristeza que no fue acompañada, al miedo que no se permitió, al modo que se aprendió a esconder.

Ser adultos presentes implica también aprender a mirar dentro: cuando hacemos las paces con nuestras emociones podemos enseñar a los niños a hacer lo mismo.

La madurez emocional no consiste en no sentir, sino en dar espacio a lo que sentimos sin perdernos en ello. Y en esa tarea compartida —la de comprender y confiar— se construye el verdadero bienestar emocional.

REFLEXIÓN FINAL

Acompañar las emociones de los niños no se trata de protegerlos del dolor, sino de ayudarlos a encontrar seguridad dentro de él. Porque cuando el adulto puede sostener sin huir, el niño descubre algo invaluable: que sentir no lo rompe, lo humaniza.

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