Pequeños Héroes – Otoño 2025

Pequeños Héroes – Otoño 2025

PEQUEÑOS HÉROES – OTOÑO 2025

Por Isabel Cabrera

Se habla cada vez más del uso de los dispositivos móviles y las redes sociales en la infancia. Los smartphones llegaron a nuestras vidas hace poco más de 15 años, y desde entonces se han integrado en casi todos los aspectos de nuestra rutina. Hoy, pocas personas conciben su vida cotidiana sin un teléfono inteligente.

Y aunque los avances tecnológicos suceden con rapidez, no ocurre lo mismo con nuestra capacidad de comprender sus implicaciones. Como sociedad, somos relativamente hábiles acumulando datos y extrayendo conclusiones retrospectivas; sin embargo, cuando se trata de anticipar o prevenir, no destacamos tanto. Lo vemos en muchos ámbitos: seguimos teniendo dificultades para actuar a tiempo frente a una crisis económica, o para aplicar de forma masiva los conocimientos que tenemos sobre salud preventiva. No siempre nos falta información, sino reflexión, voluntad y pausa.

Cuando llega una innovación que transforma nuestras rutinas —como lo fue el smartphone— tendemos a abrazarla sin preguntarnos a fondo qué consecuencias puede tener para nuestras vidas. Adaptamos su uso a medida que los efectos comienzan a hacerse visibles, y solo entonces empezamos a poner límites. Esta forma de aprendizaje puede ser útil, pero también entraña riesgos importantes.

Hoy sabemos mucho más que hace unos años. La neurociencia ha arrojado luz sobre lo que ocurre en el cerebro de los niños cuando se exponen a pantallas desde edades tempranas, y especialmente cuando lo hacen sin límites ni acompañamiento. También conocemos ya algunos efectos del acceso precoz a redes sociales: la hiperestimulación constante, la alteración del sistema de recompensa, las dificultades atencionales, y el aplanamiento emocional frente a actividades que antes solían disfrutarse con naturalidad.

Para quienes aún no hayan visto la serie Adolescencia de Netflix, puede ser un buen punto de partida. Cruda, sí, pero profundamente reveladora.

Y quizás, justo lo que ahora necesitamos: una pausa para pensar antes de seguir entregando pantallas a cambio de calma.

Y mientras terminamos de entender las consecuencias de una generación que creció entre pantallas, ya convivimos con un nuevo cambio profundo: la inteligencia artificial. Un avance asombroso y lleno de posibilidades, sí, pero que aún estamos empezando a integrar en nuestras vidas. Y no, no se trata de ver estos avances como algo negativo. Todo lo contrario: sentarse a reflexionar sobre los cambios que abrazamos es una buena práctica. Nos permite cuidar lo esencial en un mundo que no deja de moverse.

EL CEREBRO INFANTIL FRENTE A LAS PANTALLAS: LO QUE DICE LA NEUROCIENCIA

Durante la infancia, el cerebro está en pleno desarrollo. Sus estructuras maduran a ritmos distintos, y esto tiene consecuencias directas sobre cómo el niño procesa los estímulos que recibe del entorno. Las pantallas, y especialmente los dispositivos móviles, no son estímulos neutros: activan regiones cerebrales muy específicas relacionadas con la recompensa, el placer y la repetición.

De 0 a 3 años

En esta etapa, el cerebro funciona fundamentalmente a través de la experiencia corporal, sensorial y vincular. La corteza prefrontal está apenas en formación, y el desarrollo emocional y lingüístico depende casi por completo de la interacción con el adulto. Las pantallas interfieren en ese proceso: reducen la atención conjunta, empobrecen el lenguaje, sustituyen el juego libre y alteran los ritmos naturales de sueño y alimentación.

De 3 a 6 años

Comienza a consolidarse el juego simbólico, la autorregulación emocional y la capacidad de imaginar. El niño necesita explorar el mundo físico, moverse, manipular objetos, imitar roles. El uso de pantallas en esta etapa no solo aporta poco valor real, sino que puede dificultar la construcción de la atención sostenida, la empatía y la capacidad de frustrarse sin recompensas inmediatas. A nivel cerebral, las conexiones del sistema límbico (emociones) con la corteza prefrontal aún son inmaduras, lo que hace que el niño dependa completamente del adulto para calmarse y organizarse.

De 6 a 9 años

Empiezan a desarrollarse con mayor solidez las funciones ejecutivas: planificación, memoria de trabajo, atención selectiva. Sin embargo, el cerebro sigue siendo altamente sensible al refuerzo inmediato. Las pantallas, especialmente los videojuegos o los vídeos de reproducción automática, activan de forma repetida el sistema dopaminérgico. Esto puede derivar en una habituación al estímulo digital y en una baja tolerancia al aburrimiento. Se incrementa el riesgo de irritabilidad, dependencia y empobrecimiento del juego espontáneo.

De 9 a 12 años

Es una etapa puente: el pensamiento abstracto comienza a emerger, pero la regulación emocional aún no es estable. El deseo de pertenencia social se intensifica, lo que hace que las redes sociales resulten especialmente atractivas, pero también potencialmente dañinas si se introducen demasiado pronto. El niño aún carece de herramientas sólidas para diferenciar entre la aprobación externa y el valor personal, por lo que la exposición a redes sociales puede afectar directamente su autoestima, su capacidad de comprender su propia corporalidad y su identidad emergente.

CUANDO EL SISTEMA DE RECOMPENSA TOMA EL CONTROL: CÓMO SE GENERA

El uso repetido de dispositivos digitales activa una zona concreta del cerebro: el sistema de recompensa, cuyo neurotransmisor principal es la dopamina. Este sistema se estimula cada vez que el niño recibe un “premio” inmediato: un vídeo que empieza solo, una nueva vida en un juego, un mensaje que aparece. Cuanto más rápido y constante es ese refuerzo, más difícil resulta desconectarse.

Lo más preocupante es que se activan las mismas regiones cerebrales que responden ante una máquina tragamonedas: una combinación de recompensa intermitente, impredecible y emocionalmente excitante. Para un cerebro infantil, aún inmaduro y sin estructuras sólidas de autorregulación, esta experiencia es mucho más adictiva que para un adulto.

Y si ya resulta difícil para los adultos —con su corteza prefrontal desarrollada— resistirse a consultar compulsivamente el móvil, ¿qué podemos esperar de un niño de seis años? El niño simplemente no puede poner límites internos, porque aún no tiene la arquitectura cerebral para hacerlo.

Por eso, el acceso temprano a dispositivos y redes sociales puede tener consecuencias a largo plazo: alteraciones en la capacidad de atención, en el manejo emocional, en el desarrollo de intereses profundos, en la calidad del sueño y en la formación del autoconcepto.

Además, si una generación entera se forma bajo un sistema de recompensa externo e inmediato, también se resiente la capacidad de disfrutar del presente, de tolerar la espera y de conectar de verdad con otros.

CRECER CON PRESENCIA, NO SOLO CON CONEXIÓN

La tecnología no es el enemigo. Lo sería, quizá, un mundo sin pausa, sin reflexión y sin adultos disponibles para acompañar. Por eso, más que miedo, necesitamos conciencia. Más que prohibición, presencia. Más que información, conexión humana.

Porque crecer con pantallas puede ser inevitable, pero crecer sin un adulto que nos mire, nos escuche y nos abrace, sí deja huella. Y esa sí, es evitable.

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